miércoles, 2 de septiembre de 2015

Las viudas de Galeano


Las viudas de Galeano miran al horizonte cada mañana. Sus ceños se fruncen con esfuerzo y sus miradas se encojen como si con ese gesto acortaran distancias. Examinan ese horizonte celeste, y cuando sus pestañas caen, caen como la letra “i”, pero negras sobre los ojos de las innumerables viudas.

Las hay en el mar, en las montañas, en las soledades de las grandes ciudades y en la cálida ventana de la casa de ese último pueblo en la frontera. Algunas calzan los 20, otras arañan los 40 y las otras llevan los 70 como si los acabaran de estrenar…pero todas, sin falta, se duermen dando vueltas sobre la cama, arrugando las sábanas una y otra vez, como abrazando la sombra del que se fue.

Hay una viuda que particularmente llama la atención, no solo porque tiene 20 y es la más joven, sino porque es la que siempre tiene un libro del ausente abierto.
Ella tiene labios carnosos como el pecado, el rostro como de luna creciente enmarcada en sepia, y los ojos llenos de una nostalgia que le duplica la edad. Apoya su mano sobre el mentón, como él lo hacía, y luego mira sus manos como teclas de un piano… se toca las uñas y da vuelta a la misma página donde el hechizo del relato la tiene cautiva. Ella hurga las palabras como un hambriento escarbando comida. Y es que tanta es su hambre de letras, que estudió Literatura en la tierra en la que García Márquez compuso su docena de crónicas, todas sobre muertes anunciadas…menos esta.

Una tarde María se llenó de ausencias, de una maraña de cartas atestadas de palabras, como chinchulín, como pluscuamperfecto, y cruzó mares y montañas para verlo y pedirle ayuda para desovillarlas. María conoció el río mar, se miró en sus aguas celestes, golpeó su puerta… pero él no atendió. María regresó con su embrollo de cartas trasnochadas, con sus lugares tan llenos de él y con el llanto de esa palabra que no se dijo nunca.

La viuda del fueguito es toda una revolución. No tiene nombre o simplemente quiere aparecer como una oración de su amado mar de fueguitos. Tenía ocho años cuando le pidió a su madre que le concediera un deseo, uno solito, di que sí. Ella prometió cumplírselos todos; no había quien pudiera decirle que no a semejante fulgor. No hay.

La viuda del fueguito cumplió 15 y conoció al príncipe azul. Vive en la gran ciudad de los egos, donde triunfó Gardel, la ciudad del papa, la que vio triunfar al 10 (en mayúsculas, si las hubiera), y donde el último mes de un nuevo siglo le dijo basta a un gobierno. Vivía en esa inasible casa que los nadies nunca alcanzan, hasta que descubrió a los nadies, a los fueguitos, a él, al único hombre que perdió, al que dijo no.

La belleza convulsiva de sus palabras la atraparon a los 30, edad en la que una mujer fuego suele pensar que ya nadie la asombra. Lo quiso, lo persiguió y logró capturarse en un instante con él; un instante que quisiera eterno. A mar de fueguitos la viudez le calza muy negra, tan negra como el primer abandono, como el primer no.

Teo tiene ojos grandes y celestes, y la misma edad que tendría él sin el arrebato de la muerte aquel día trece. Trabaja en un canal de televisión, por lo que su suerte, tan llena de suerte, le permitió siempre tenerlo cerca. Cada tanto lo entrevistaba y tenía esa fortuna que las mortales tenemos solo con los maridos: llenarlos de preguntas cuando llegan del trabajo, servirles café, retocarles la camisa y robarles hasta el último aliento. Teo siempre dice que es la más viuda de todas porque él se le llevó hasta ese aire.

Teresa estuvo enamorada de muchos hombres. Desde que la conocí, no he dejado de verla enamorada. Fulano, mengano, no importa, da igual, ella está enamorada del amor. Teresa escribe, lee, escucha música, plancha la misma canción todos los días. Teresa pone la mesa y pone palabras para condimentar, oraciones para acompañar, verbos para beber y silencios para abrir el apetito. Tiene muchos libros en su pieza violeta y una foto de Cortázar que ilumina la mesita de luz. Tiende ancho, duerme sola, tiende llanto, no tiene quien lo seque. Sueña, vive, sueña, vive. Nahuel le dice: –mamá, ya no sueñes tanto que te estas arrugando. Tiene razón, se sueña o se vive.

Patricia es maestra y amanece siempre en la puntita de un verso de Pizarnik. Pasa la mañana entre guardapolvos y cronopios, merienda con Valentín en lo que le lee a Meloni que, según sabemos, sigue siendo eterno. Cena con Galeano y charla con él mientras recogen la mesa, lavan los trastes y se quitan lo tristes. Lo deja con Helena para irse a la cama al encuentro de Onetti.

Patricia me dijo alguna vez que una debería medir si está más feliz sola o acompañada y, según eso, elegir. Patricia está mejor sola. Disfruta de su soledad tan llena de letras: no le pesa, la lleva en el aire, le ríe, le hace cosquillas y más que nada, le tiene paciencia. Viaja y viaja y por donde viaja y siempre la veo levantando algo y dejándolo en una ventana; para mí que son poemas, palabras, cuentos, historias que se repiten dentro de cada historia y dentro de su propia historia.

Susana sueña con grandes casas con cinco habitaciones cada una, y en cada habitación varios roperos, y en cada ropero muchos camisones. Sueña árboles de donde cuelgan poemas; sueña mares y montañas, y sueña panes y mantas. Ella dice que sufrió mucho, pero ¿qué es sufrir mucho o poco? Ella dice que tuvo carencias, ¿pero quién carece de lo que jamás tuvo?

Susana dice que estaba llena de preguntas hasta que él la miró, le acarició la mejilla izquierda y le vio la vida en la mirada. Así, sin más, le reveló que la tragedia no es destino, y derribó con ello ese muro que llevaba años estorbándole la mirada. Al otro lado del mundo, en Berlín, otro paredón caía.

Cuentan que el papá de Helena murió viendo un partido de fútbol. Su equipo estaba a punto de salir campeón y en el último segundo del último minuto su corazón se paró.

Helena estudió periodismo deportivo, y allí lo conoció a él. Ella en realidad es la viuda, la única viuda, la que estuvo cuando en su tercera muerte su corazón dio el pitazo final. Helena es Argentina, de Tucumán, es casi jugoza como la zamba, tiene una mirada ancha y es alegre como un hijo. Cuentan que lo conquistó con su silencio. Sí, a él, al hombre de palabras, lo llenó de silencios, de miradas que no decían nada pero lo llenaban todo. Sus ojos tenían distancia, calor, orillas, memoria, inteligencia y un camino ancho como el río mar. Ella se robó su corazón en una noche llena de abismos, con una dulzura tormentosa y una piel de rodillas. Helena lo abrazó más que ninguna; lo besó, lo acarició, le dijo que lo amaba. Ella tuvo el privilegio de los que se dejan vencer y cantó el himno de los vencedores. Helena tiene ahora un montón de hojas vacías, que son sus días; se sienta frente al televisor y le dice: –no tomaras el poder de tu ausencia. Te exijo que estés aquí antes de que amanezca.

Helena se despierta y en su cama yacen datos personales, referencias, libros, todos objetos fríos. Helena está sola y es la única que no lo sabe.


Todas las viudas de Galeano cantan en la ducha y cantan en la vida, al fin y al cabo la vida son cuatro estrofas vacías que cada quien debe llenar. Él ya no está, pero ¿qué es la muerte sino un gran invento de los farsantes que se andan con profecías de Nostradamus? Él respira en cada libro y en cada canción. Ellas – como Idea- quisieran morir de amor, para que él supiera, cómo y cuánto lo quería, quisieran, quisieran morir de amor para que él, ahora, supiera. SM

sábado, 31 de mayo de 2008

La música y la tierra: Atahualpa Yupanqui

La música es un accidente de la tierra misma, por eso en las montañas, selvas y llanuras americanas, las canción nativa es el resultado de una fusión admirable: el paisaje y el hombre. Nuestra canción vernácula tiene méritos sobrados para penetrar en este civilizado Buenos Aires y ocupar un lugar de preferencia en todos los espíritus que sientan la verdad de las tradiciones puras.
El progreso es un símbolo de civilización, pero civilizar no significa elevarse.
El peligro de la civilización – he dicho peligro, no obstáculo- radica en la intención misma de estilizar. Para enriquecer musicalmente uno de nuestros simples temas campesinos es menester sentir y comprender en lo profundo de su relación universal la esencia del sentimiento nativo..
Todo temperamento sin cultura muere; hay que estimular a los jovenes compositores.
Todo aquel que quiera llevar nuestras melodías y rítmos autóctonos al terreno de la estilización debiera formularse en lo profundo de sí mismo estas preguntas: ¿habré llegado ha penetrar las sugestiones del paisaje donde nació esta música? ¿seré yo capaz de decir eso que no dice esta canción?
Si alcanza las respuestas, el estilizador podrá iniciar nomás su trabajo. Indoamérica perdurará en su obra; pero si la estilización responde al deseo de hacer algo nuevo que guste al oyente, nuestro folklore auténtico servirá sólo para encumbrar vanidades, el alma nativa seguirá en la quietud de los valles, en la amplitud e las llanuras, entristecida de ver que es gente americana quien explota y comercia los dulces cantares de la tierra, las hondas expresiones del espíritu que merecieron el respeto y la admiración hasta del duro conquistador. Y en Buenos Aires el folklore seguirá siendo para algunos una misión, para otros algo que está de moda, y para la gran mayoría una industria.

Atahualpa Yupanqui, 30 de mayo de 1936