martes, 21 de junio de 2016

Mi silencio


En estos días estuve hablando mucho del silencio, será porque lo extraño, será porque me duele. Lo pienso, lo siento, lo añoro. Solía acompañarme en mi infancia campesina, tras largas siestas de verano cuando con mi tío Antenor cruzábamos el monte buscando, vaya a saber que andabamos buscando. Otras tardes bajo la sombra de un añoso mistol soñando un futuro sin orillas como la inmensidad de esos días y algunas noches en el pelo erizado de la mama  mientras la luna la peinaba y ella guardaba silencio para arrancar con más fuerza el misterio de alguna leyenda. También me vestí de silencio cuando el dolor solo se dice callando, en mi adolescencia enamorada del amor más que de Daniel, el que tocaba el acordeón frente al Paraná y me conquisto entre tema y tema, con el silencio de su dorada mirada.



Aquellos que hemos saboreado bocado a bocado el silencio, lo hemos bebido de a gotas en largas noches de invierno, sabemos que es imposible no extrañarlo cuando se está lejos. Cuando miles de voces hablan en un pozo gris y urbano de una calle empedrada, cuando el abrazo sincero y silencioso del amigo es lo que falta, cuando la verdad es la que calla y grita rabiosa una mentira.



Conozco la noche. Nadie sabe más que yo de silencio, de negación, de oscuridad impermeable y perenne, de reflexiones absurdas, del motor que imagina nublado por ciegos seres…  dice Jorge Luis Contreras Molina



Escribir es domesticar el dolor. ¡Mentira! El dolor es un animal salvaje, con cuero curtido y colmillos hambrientos de venganza. Las palabras no son mariposas de jardín, son potros sin marca cabalgando silenciosos por ese monte de la infancia. Al dolor solo podremos escribirlo cuando hayamos abrazado la fiera que llevamos dentro. Mientras tanto, a mi denme silencios, necesito ese cariño genuino como el de una madre italiana – allá lejos y hace tiempo- despidiendo a su hijo que se iba a hacer la América y ella bien sabía, con su silencio, que no lo iba a volver a ver. Denme silencios, que mientras yo sigo civilizando, ordenando y mirando mis palabras antes de que manchen este último silencio. 


domingo, 19 de junio de 2016

El trabajo es dignidad

Tenía 10 años cuando tuve mi primer trabajo, ayudaba en la cocina de un bar y servia en las mesas a empleados de una fabrica. De allí a la escuela, a 5º grado del colegio que quedaba a dos cuadras, y a la vuelta lavaba los platos del mediodía. Con lo que ganaba podía ayudar a mi mamá que estaba embarazada en una década donde las botas militares gobernaban y eso contaba el resto. Luego trabajé en un almacén, en una verduleria, en un super, en un estudio contable y muchos más hasta llegar al trabajo de lo que más me gusta y amo. Cuando me quedaba un día sin trabajo, tuviese 12 o 30 años, salía a busca
rlo. En casa no nos podíanos permitir estar un solo día sin trabajar. Golpeaba puertas y me ofrecía a barrer la vereda, a limpiar vidrios, a lo que fuese. Todos los trabajos me honraron y sobre todos los recuerdo con mucho amor. Un día como el de hoy, brindo porque todos tengamos el derecho a un trabajo que nos dignifique; porque por lo menos para mi (de chiquita así lo aprendí) el trabajo es dignidad.-